El caso Mata-Hari

Nacida en los Países Bajos, Margaretha Zelle se casó siendo muy joven con un oficial de las Indias holandesas, al que siguió poco después a las colonias. La estancia en Indonesia la dejó marcada y resaltó su sensualidad; cuando regresó a Europa, se inventó un pasado de bailarina oriental y decidió ejercer su arte en París. Así, se convirtió en la estrella indiscutible de la Ciudad de la Luz, ligeramente vestida y bajo el nombre de Mata-Hari («ojo del día», en malayo). París entero se lanzó a aplaudir su danza de la serpiente y su strip-tease de homenaje al dios Siva, pero su fulgor no iba a durar mucho. En el transcurso de la Primera Guerra Mundial, Margaretha fue detenida como sospechosa de espionaje a favor de Alemania y en 1917 fue condenada a muerte. Los disparos del pelotón de fusilamiento acabaron con la carrera de la bailarina y el personaje de Mata-Hari se convirtió en leyenda. ¿Fue Mata-Hari una espía o una víctima de la histeria colectiva que atenazaba los corazones de aquella época turbulenta? Lionel Dumarcet ha recuperado para nosotros la tumultuosa historia de la «espía» más famosa de todos los tiempos.
Издательство:
De Vecchi
Содержание:

El caso Mata-Hari

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* * *

Prólogo

   ¡No se puede cambiar lo que ya se ha juzgado! Inocente liberado o culpable condenado, inocente encarcelado o culpable en libertad… El acusado de un juicio no puede ser juzgado dos veces, ni siquiera por los historiadores.

   Y, sin embargo, es muy grande la tentación de romper el muro de silencio que la ley impone con razón. Nadie puede creerse un Clemenceau, el redactor jefe de L’aurore, y dirigir una carta a Félix Faure, presidente de la República, titulada con el famoso «Yo acuso».

   No, el lugar del historiador no es este. No está al lado de Zola. No está en la frase del autor de L’Asommoir: «Mi ardiente protesta no es más que el grito de mi alma. Que se atrevan a citarme en la Audiencia y que el sumario tenga lugar a plena luz». El historiador y el cronista judicial ejercen un trabajo a posteriori.

   Su tarea no consiste en ser sólo un hombre que piensa o que comunica un pensamiento. Consiste ante todo en:


   – ser un honesto hombre de memoria;

   – explicar los hechos tal y como se conocen y no las hipótesis que uno desearía que fuesen;

   – describir el desarrollo y los protagonistas del proceso o el sumario y la vista o las audiencias.


   Consiste, en definitiva, en establecer una serena suerte crítica de los casos que han levantado pasiones.

   Así es como veremos este proceso de ahora en adelante, con la mirada inocente de quien conoce los hechos en su totalidad, del que percibe que, detrás de todo esto, se esconde el alma humana.

   Más tranquilos que en el momento de los hechos, más relajadamente que en un debate televisivo, los autores de este tipo de obras intentan, cada uno a su manera, invertir la fórmula de Jean Guitton: «Siempre ocurre lo imprevisible (lo imprevisible de las luces y las sombras), a pesar de nuestros esfuerzos de perspicacia y de previsión».

   Si, entre luces y sombras, estas obras nos ofrecen elementos de reflexión perspicaces y prospectivos, entonces su finalidad se habrá logrado.

   Sabemos que en las salas de audiencias (y ahí radica su importancia) las cosas nunca pasan como se habían previsto. Estas obras de presentación general de un hecho judicial nos permiten situarnos más cerca del hombre, de su inocencia o de su culpabilidad, de su drama y quién sabe si de su redención.

Capítulo 1


Se perfila el ambiente

   El 13 de marzo de 1905, en la biblioteca del museo fundado por Émile Guimet en 1889, todos los aficionados instruidos en ciencias orientales fueron invitados a un espectáculo de lo más inusual. La renovada rotonda de la joven institución, que hasta entonces había sido utilizada únicamente para la celebración de conferencias sobre historia de las religiones, vibra bajo los efectos de los velos de una bailarina oriental que acaba de aparecer en el escenario parisino, Margaretha Zelle, la esposa de Mac Leod.

En la biblioteca del museo Guimet

   La invitación especifica que la conferencia prevista «a las 9 de la noche, en el museo Guimet, por los señores Guimet y De Milloué sobre danzas brahmánicas» se efectuará «con la participación de la señora Leod, quien interpretará:

   »1. La invocación de Siva.

   »2. La princesa y la flor mágica.

   »3. Danzas guerreras en honor de Subrahmanya».

   Esta primera aparición pública, que quedará en la memoria de todos, es realmente una novedad.

ÉMILE GUIMET

   Es hijo de un industrial que hizo fortuna con la invención de un azul marino artificial. Émile Guimet nace el 2 de junio de 1836 en Lyon. De su padre hereda el gusto por las ciencias, mientras que su madre, pintora de talento, le inculca el amor por el arte. El viaje que realiza a Egipto, en 1865, le abre las puertas de la arqueología, la filosofía y las religiones antiguas. De esas revelaciones nace «una locura por adquirir», un ardiente deseo de comprender los objetos de arte y una triple búsqueda, «el bien, la verdad y la belleza». En 1837 ingresa en la Sociedad de estudios japoneses, chinos, tártaros e indochinos, llevando a cabo el Primer Congreso Internacional de Orientalistas, organizado por Léon de Rosny (1837–1914). Tres años más tarde, Émile Guimet se marcha a Japón en compañía del pintor Félix Régamey. Ambos adquieren «trescientas pinturas religiosas y seiscientas estatuas divinas» que constituirían el núcleo de su Museo de las Religiones. De vuelta a Francia, después de una estancia en China y en la India, Guimet puede organizar, gracias a sus adquisiciones, una sala de exposición de «las Religiones del Extremo Oriente» en la Exposición Universal de 1878. Ese mismo año organiza el Congreso Provincial de Orientalistas de Lyon, donde toma la decisión de construir un museo oriental, el cual se inaugurará un año después. En el interior del edificio, emprende el acondicionamiento de una biblioteca especializada en historia de las religiones y la creación y ubicación de una escuela de lenguas orientales.

   Muy pronto, Guimet se da cuenta de los límites que tendrá su ambicioso proyecto si se queda en su ciudad natal. El 9 de enero de 1883 propone al Estado francés la donación y el consiguiente traslado de sus colecciones a París, a un museo idéntico al construido por Jules Chatron. El 20 de noviembre de 1889, el presidente de la República, Sadi Carnot, inaugura el nuevo edificio. Dentro de su «fábrica de ciencia filosófica», Émile Guimet organiza conferencias dominicales en las que participan grandes personajes del orientalismo. La biblioteca, en forma de rotonda del museo, se convierte rápidamente en uno de los centros de moda del París intelectual de principios de siglo. Es entonces cuando baila Mata-Hari, el 13 de marzo de 1905.

   Después de la muerte del fundador en 1918, el museo Guimet evoluciona lentamente bajo la concepción de la museología moderna. El esteticismo y la arqueología van sustituyendo a la simbología religiosa.

   Habrá que esperar hasta finales de 1980 para que el deseo primero y principal de Émile Guimet sea finalmente respetado.

   La rotonda del primer piso quedó convertida en templo hindú para la ocasión. Siva, dios de la danza cósmica, creador del mundo, y Subrahmanya, dios de la guerra, reinan desde el fondo. Las columnas acanaladas, adornadas por cariátides, están envueltas en guirnaldas de flores. Los pétalos tapizan el suelo mientras la luz temblorosa de los candelabros añade aún más misterio. Una orquesta inspirada en «melodías hindúes y javanesas» interpreta una música especial para el evento.

   En el centro se encuentra Lady Mac Leod, de pie, apenas envuelta en un velo de color claro; a sus pies, cuatro mujeres sobriamente vestidas de negro, como brotes vehementes de su carne de marfil.

   Una única pieza de tela recubre las más delicadas curvas de su cuerpo sinuosamente exquisito, envolviéndola como si de una corola floral se tratara, como los pétalos suntuosamente extendidos de una flor de loto. La cintura estrecha remarca su vientre. Sus senos, tapados por dos conchas de metal incrustadas de pedrería y fijadas en la espalda por delicados cierres, como si quisieran inquietar al cielo. El cabello, oscuro y resaltado por una diadema. Collares, pulseras y brazaletes completan la panoplia de la bailarina.

   Baila apartada del mundo, perdida en un universo que no es de nadie más que de ella. De una manera muy particular, de una forma que se asemeja casi al acto de reptar. Y conseguirá sorprender la imaginación, que es precisamente lo que pretende.

   La bella Lady Mac Leod arrastra lentamente a los espectadores estupefactos con sus ondulaciones lascivas, con el busto echado hacia atrás y el vientre sobresaliente.

   Hay que reconocer que Émile Guimet lo hizo francamente bien en esta «evocación de los cultos sagrados de los pueblos asiáticos».

   Entre las paredes recién enceradas y los colores todavía brillantes de la nueva biblioteca destacan dos embajadores, algunos políticos y personajes del mundo intelectual; al final, una retahíla de periodistas convocados para el acontecimiento.

   La danza sagrada, realzada por los comentarios del maestro de ceremonias, subyuga poco a poco a un auditorio ya encantado.

   Finalmente, cuando ella se funde en una desnudez que no sólo se insinúa, los privilegiados espectadores que asisten al espectáculo enmudecen.

   No es un éxito, es el triunfo total. En ella se alaba a la «mujer oriental» en su totalidad. Es hermosa, es cierto. Exhala todos los encantos y los misterios de Oriente. Pero aún consigue más. Restituye, mediante la danza, los ritos ancestrales y la sabiduría secular de la lejana Asia. Un periodista entusiasta escribe, sorprendido:

   No ignora las virtudes de Vishnu, ni las fechorías de Siva, ni los atributos de Brahma. Al atractivo mágico, al encantamiento de una bailarina, consigue unir la ciencia teológica de un brahmán.

   En La Vie parisienne, una publicación algo más prosaica, puede leerse:

   Lady Mac Leod, es decir, Mata-Hari, la bailarina hindú voluptuosa y trágica, baila desnuda en las salas donde se la solicita. Va vestida un con traje de bailarina simplificado al máximo y, al final, incluso simplificado del todo.

   El escenario está listo. El nombre también: Mata-Hari. Émile Guimet, poco escrupuloso y menos especializado de lo que se podía esperar en la época, pero sin duda encantado por la bailarina desde su recital en el salón de la Sra. Kiréevsky, permite que lo utilicen. El patronímico, aunque javanés, es pasaporte suficiente para la ejecución de pseudodanzas hindúes en el sanctasanctórum del orientalismo francés. De la India, Mata-Hari no toma prestada más que la voluptuosidad. Voluptuosidad de las imágenes de piedra y de los cuerpos de mujeres de formas vegetales y fecundas.

   En París, los símbolos adquieren acentos más carnales y Lady Mac Leod puede así demostrar su talento. Sus triunfos en el escenario atraen rápidamente a un sinfín de admiradores. Como son ricos, cubren rápidamente a la ninfa de joyas y flores, pero sobre todo, de dinero y honores.

   Los caminos que llevan a la gloria hacen buena pareja con las camas solícitas de la fortuna. Mata-Hari no será para la posteridad ni más ni menos que una espía. Lo demás proviene todo de la imaginación y de lo superfluo.

   Paradójicamente, Mata-Hari, que seguramente hubiera merecido estar en el panteón de las grandes mujeres enamoradas, asume contra sus deseos la imagen opuesta, la de una espía de altos vuelos.

   Su gusto por hacer y rehacer autobiografías según las circunstancias y cierta tendencia a la mitomanía le añadieron, sin ninguna duda, aún más misterio. Y así, hasta el trágico último acto.

Autobiografías de una mitómana

   Cinco días después de su triunfo en el museo Guimet y de su entrada estruendosa en el París mundano, La Presse hace un intento de biografía:

   Ha bailado con velos, una placa en los pechos y casi nada más. Nació en Java, creció en esta tierra de fuego y recibió de ella una soltura y un encanto mágicos, pero su cuerpo poderoso es un claro producto de Holanda. Ninguna mujer había osado, después de estremecimientos de éxtasis, quedarse así, sin velos que la cubrieran ante la mirada de los dioses. ¡Y con qué hermosos gestos, tan osados y castos a la vez! Ella es Absaras, la hermana de las ninfas, de las ondinas, de las valquirias y de las náyades, creada por Indra para la perdición de los hombres y de los más sabios. Mata-Hari no baila sólo con sus pies, sus ojos, sus brazos, su boca, sus uñas pintadas de color carmín. Ninguna atadura molesta la comprime, puesto que Mata-Hari baila con sus músculos, con su cuerpo entero. Pero el dios presente ensordece ante la ofrenda de su belleza y de su juventud, y ella aún da más: su amor, su castidad y, uno a uno, sus velos, símbolos del honor femenino, que van cayendo a los pies del dios. Sin embargo, Siva es inflexible, quiere jugar con ventaja. Entonces la Devidasha se acerca (un velo más, el último) y de pie, con su valiente y victoriosa desnudez, ofrece al dios la pasión que la devora. En cuclillas, las nautsch, salvajes dentro de sus vestidos oscuros, la excitan profiriendo terribles gritos de «¡Stâ! ¡Stâ! ¡Stâ!», mientras la sacerdotisa, jadeante, enloquecida, cae a los pies del dios y sus compañeras la cubren con un velo de oro. Entonces, Mata-Hari, sin vergüenza alguna, se levanta graciosamente, tapada tan sólo por el velo sagrado y, dando gracias a Siva y a los parisinos, se aleja envuelta en una tempestad de aplausos.

   Mata-Hari, todavía con las dudas de la debutante, destila con cuentagotas la información concerniente a su vida y a su arte. Poco después no muestra ya tanto pudor. Cuando es entrevistada por Paul Hervier, le explica cándidamente:

   Nací en las Indias, y viví allí hasta los doce años. Mis recuerdos de la infancia son muy precisos. Recuerdo los hechos más insignificantes de esa civilización tan distinta a la vuestra. A los doce años, vengo a Wiesbaden y me caso. Y, con mi esposo, oficial holandés, vuelvo para vivir un tiempo en mi país natal. En ese momento ya soy una mujer y mis ojos vuelven a encontrar con alegría las visiones de antaño.

   Los rumores o quizá su propio interés amplifican aún más ese exotismo de papel glaseado y rápidamente se divulga que «nació en algún lugar del sur de la India, sobre las costas de Malabar, hija de un padre brahmán y de una madre bailarina. Encerrada en una sala subterránea del templo de Kanda Swany, fue iniciada desde la infancia en los ritos santos de la danza. Después, la gran maestra de las bailarinas, viendo en ella un caso excepcional, decidió consagrarla a Siva y, ante los altares de la fecundidad, decorados con guirnaldas de jazmín, la noche de la Sakty Poudja de primavera le reveló los misterios del amor y de la fidelidad».

DEVADASI

   Esta palabra significa «joven esclava de Dios» o «sirviente de la Divinidad» y designa una categoría específica de bailarinas del sur de la India. Esta institución, que ya funcionaba en la Edad Media, ponía a disposición de los dioses hindúes chicas jóvenes educadas en el entorno del templo o niños consagrados a las divinidades desde temprana edad, que se encargaban de distraer a los dioses mediante la danza y el canto. Aunque al principio no tenían más que un papel simbólico, parece que con el tiempo las bailarinas se fueron asimilando más o menos a las prostitutas.

   En ciertos grandes entornos arquitectónicos se contaban centenares de devadasi (llamadas devidasha en el resumen publicado en La Presse).

   Este sistema fue abolido por los británicos en 1925.

   París hace un oráculo de este precioso delirio. A partir de ese momento, la gran sacerdotisa de la desnudez sagrada puede seducir, sin herir y bajo la cobertura de la religión, a todos los bellos espíritus de la capital, algunos demasiado crédulos, y a ciertos aventureros de la carne con ambiciones más que sospechosas.

   La hermosa Lady Mac Leod no se detendrá ahí. En 1906, cuando se encuentra instalada en Viena, propone una nueva versión de su autobiografía evolutiva. Declara a los periodistas, siempre ávidos de noticias frescas sobre ella:

   Mis padres eran holandeses, pero mi abuela fue la hija de un príncipe javanés, por eso corre por mis venas auténtica sangre hindú.

   Java y la India son alegremente confundidas, los malayos y los indios mezclados tranquilamente. No importa, en 1908 resulta que «ha nacido en Java, en medio de la maravillosa vegetación tropical».

   En 1912, durante una estancia en Italia, se hace una nueva revisión de su vida, esta vez demasiado irreal. Según esta versión, Mata-Hari es la descendiente de una antigua familia de militares que vivieron en las Indias holandesas. Su abuela, hija de una regente de la isla de Madura, fue la primera de la familia en casarse con un oficial; también lo hizo la madre, por esa razón nació en Java la bailarina. Huérfana a la temprana edad de doce años, recibió una educación internacional antes de sucumbir al encanto de un seductor militar.

   En 1914, ya no dice que fue el bisabuelo sino el abuelo quien gobernó en la isla de Madura. Indonesia queda, a pesar de todo, honrada por su infancia, que está mecida por «liturgias eróticas». Una nota de budismo, un esposo más escocés que nunca y la revista Vogue divulgando la leyenda de «aquella que trae las danzas sagradas al Occidente no iniciado».

   El último retoque a su biografía se da en Berlín el 23 de mayo de 1914.

   Ese día, Mata-Hari convoca a la prensa en el Hotel Cumberland. De ahí saldrá un diálogo donde se mezclan lo dramático y lo increíble.

   ¿Sigue casada Lady Mac Leod con su esposo, descendiente de un antiguo clan escocés?

   Lo peor ya ha pasado. Parece que han vivido en Java una historia terrible. Nadie sabe con exactitud lo que ha pasado. Lo único seguro es que su esposo ha matado a uno de sus amigos y que se han divorciado de inmediato.

   ¿Muerto en duelo? No, en duelo no, asesinado a sangre fría, en su presencia. Ella misma resultó herida en la espalda, pero parece que no fue grave. En cualquier caso, puede bailar.

   Y bailará. La danza es su vida. Al menos así lo cree ella y así lo proclama, aunque su espectáculo sea a veces demasiado intermitente para ser un completo objeto de devoción, y aunque ella sea demasiado enamoradiza, demasiado cortesana para ser sólo una bailarina.

   No obstante, su comienzo es fulgurante. El mundo queda completamente subyugado. Los hombres forman tumultos y se atropellan para verla. De este modo, la mujer fatal va ganando terreno a la artista, aunque las dos tienen la misma capacidad para multiplicar sus vidas.

   Encerrada en su personaje, Mata-Hari cree rápidamente todo lo que inventa y persuade a sus interlocutores. Además, la naturaleza la ha dotado de un físico «que mezcla todos los rasgos, con cierta inclinación hacia su Holanda natal».

   Sin embargo, Mata-Hari no se parecía en nada a una holandesa típica. En realidad, su cabello negro azabache no habría desentonado entre una muchedumbre india, y su piel, demasiado mate para ser la de una bátava, le habría podido otorgar los títulos de nobleza de una brahmán en cualquier provincia del subcontinente indio. Por otro lado, no puede ocultar su calidad de mujer occidental. No duda en desvelar sus encantos para triunfar profesionalmente, pero también sabe reconocer el momento idóneo para brillar en sociedad. Con Mata-Hari, la seducción no se reduce a la escena: dentro del microcosmos parisino, ser el blanco de numerosas habladurías le proporciona grandes éxitos. Un periodista de La Presse explica:

   Después del espectáculo, Mata-Hari, vestida ya con un elegante traje de noche, se une al público y, jugando con una marioneta javanesa, la wajong que tiene en sus manos, narra con gran encanto el drama prehistórico de Adjurnah.

   Precisamente en estos casos, la educación que recibió en Leeuwarden, su verdadera educación, daba sus frutos. En ese París mundano, la lasciva bailarina no podía evitar que centellearan miles de fuegos, solapando mediante una conversación cuidadosa, y muchas veces pintoresca, el problema que podía suponer el atractivo de un cuerpo excesivamente desvelado en una sociedad tan pudorosa, sobre todo para las mujeres. En cuanto a los hombres, se decantaban por el amor y solían encontrar en la seductora bailarina respuestas favorables a sus súplicas.

Por amor al arte

   Mata-Hari puede inventarse más de una vida, y consigue también ser prolífica en todo lo que concierne a su arte:

   ¿Quiere que le diga cómo entiendo mi arte? – dice un día—. Es simplemente mi fe, lo más natural del mundo, ya que la naturaleza es así de sencilla; es el hombre quien la complica. No tenemos necesidad de las cosas que se han convertido en complejas debido a exuberancias ridículas; las danzas brahmánicas sagradas son símbolos y cada gesto responde a un pensamiento. La danza es poesía y, cada movimiento, una palabra.

   En el espíritu de Mata-Hari, su baile no es una danza en el sentido estricto de la palabra, es más bien una comunión con los dioses.

   También es cierto que es una danza excesivamente desvestida, pero ¿se puede hablar de pudor cuando se trata lo divino? En una entrevista que concede al Deutsche Volksblatt declara:

   Cuando bailo, me olvido de que soy una mujer, de manera que cuando lo ofrezco todo al dios (incluso yo misma, ofrenda que está simbolizada por la lenta caída de mi velo, la última pieza de ropa que aún llevo) me quedo ahí, de pie, aunque esté completamente desnuda durante medio segundo. No he querido con esto sugerir nunca al público nada más que el interés por este sentimiento que expresa mi danza.

   De la misma manera dice más tarde al Corriere della Sera:

   Existe un proverbio indio que dice: «Cuando una danza está bien bailada, calma precisamente los deseos que podría excitar en aquellos que la observan».

   No es por casualidad que en las capitales europeas se pensara que este precepto de la India era tan intelectualmente seductor como lo podían ser los atractivos de Mata-Hari, en un registro mucho menos elevado espiritualmente.

   En 1908, vuelve a su origen javanés y a sus danzas, «que constituyen un culto, una religión. Sólo aquellos que han nacido y han sido educados allí pueden impregnarse de su sentido religioso y ofrecer la expresión solemne que estas danzas exigen. He viajado a través de todo Oriente, pero debo decir con toda honestidad que en ninguna parte he visto mujeres bailar con una serpiente entre las manos o cualquier otro objeto. La primera vez que vi eso fue en Europa y esto me lanzó a un abismo de extrañeza. Las danzas orientales, tal y como yo las he podido ver y aprender en Java, mi isla natal, se inspiran en las flores, de las que se destila su poesía».

   En 1911 las evoca de nuevo:

   El secreto de las danzas hindúes originales no ha sido transmitido por ninguna prescripción escrita. Yo guardo por lo tanto el auténtico secreto de la danza y este conocimiento de las antiguas danzas hindúes constituye para mí una preciosa propiedad.

   El tono podía parecer convincente para un público deseoso de exotismo, pero esta superchería tenía que plantear ciertos problemas para un erudito concienzudo. Indonesia, y Java en particular, era una región convertida masivamente al Islam desde hacía décadas, y los recuerdos del budismo y del hinduismo se resumían, en esta época, a unos pocos vestigios arqueológicos. Celosa de su valioso «saber», Mata-Hari no duda en poner pleitos a todo el que se cuestiona su integridad.

   Rápidamente, la bailarina oriental inspirada por los dioses empieza a tener imitadoras. Y cuando la competencia es demasiada, cuando los espectáculos de bailarinas desnudas florecen por todas partes en París, Mata-Hari da rienda suelta a su indignación, transmitida por The Era:

   Hace tres años y medio que di mi primer espectáculo, durante una reunión privada, en el museo Guimet. Desde ese día memorable, algunas damas, atribuyéndose el título de «bailarinas orientales», empezaron a proliferar y a honrarme con sus imitaciones. Me sentiría más halagada por esta atención si las exhibiciones de estas señoras tuvieran algún valor desde el punto de vista científico y estético. Pero no es así, en absoluto.

   Entre tanto, Mata-Hari abandonó la escena para consagrarse a placeres más efímeros. Cuando quiso volver, la gloria había pasado de largo. Por no haberla sabido preservar, se tuvo que contentar con demostraciones de aprecio.

Capítulo 2

   =

De una vida de ensueño a una vida soñada

   Para definir mejor el carácter tan particular de Mata-Hari y su propensión a una mitomanía crónica, es necesario empezar por el principio, retroceder hasta su infancia.

   Aquella a quien la historia y la leyenda han recordado con los nombres de Lady Mac Leod o de Mata-Hari se llamaba, en realidad, Margaretha Geertruida Zelle. Era hija de Adam Zelle y de Antje Van der Meulen, y nació el 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden, una pequeña ciudad de la Frisia holandesa.

Un poco estrella

   Cuando no fantaseaba demasiado, Mata-Hari contaba que su padre «era un comerciante muy conocido. Mi madre era una gran señora tan guapa como rica. Recuerdo mi infancia en el castillo de Caminghastate».

   En realidad, Adam Zelle fue un sombrerero, ciertamente opulento pero de pretensiones aristocráticas totalmente falsas. La venta de sombreros y las especulaciones petroleras juiciosas le habían permitido enriquecerse y brillar con el brillo, a veces excesivo, que da el dinero. El vendedor de sombreros enriquecido con rapidez tuvo además la satisfacción de verse nombrado con el título de «barón» por unos compatriotas compasivos o quizás irónicos.

   Su vanidad se vio definitivamente consagrada poco después de su boda, en 1873, con la visita oficial del rey Guillermo III a Leeuwarden. El consejo de la ciudad decidió efectivamente rendir los honores a su soberano formando la guardia a caballo. La lógica o la compasión quiso que la presencia de un «barón», aunque fuera ficticio, se impusiera con esta excepcional ceremonia. Adam Zelle reinó así en medio de la burguesía local con su suficiencia engalanada.

   Pero el talentoso sombrerero no se conformaba fácilmente. Conmemoró su ascensión y, además, se hizo inmortalizar con un retrato ecuestre. La obra, que se guarda en el museo de La Frise, ofrece la imagen de un hombre de aire altivo, ligeramente barrigudo y con una barba oscura. Llevaba ese día el objeto de su eterna distinción, un sombrero de copa. Alexandre Cohen, periodista originario de Leeuwarden, dijo:

   Nunca lo vi sin su sombrero de copa, siempre apoyado en el pomo de la puerta de su tienda, los pulgares deslizándose sin parar por la sisa de su chaleco.

   En cuanto al castillo de Caminghastate, contrariamente a lo que afirman algunos, existe y se conserva bien. Es un hermoso edificio llamado Residencia Amelands, que fue propiedad de la familia Camingha. Aún se puede ver en el centro de la ciudad, ¡frente al antiguo almacén de sombreros de un tal Adam Zelle!

   El sombrerero de Leeuwarden fue «ennoblecido» en 1873 y continuó prosperando. En 1877 podía presumir de tener una renta que superaba los doscientos mil francos anuales. Esta opulencia financiera le hizo consentir excesivamente a sus cuatro hijos y, en especial, a su única hija, Margaretha.

   Uno de los regalos que más alimentó la crónica local fue, sin duda, la carroza de cuatro plazas arrastrada por cabras que le regaló en su sexto cumpleaños. Al principio, el objeto dejó atónita a toda la ciudad por su pretensión, después fue la envidia de todos y terminó generando unos celos cuyas consecuencias obligaron al comerciante a apartar a su hija pequeña de la sociedad infantil frisona.

   «M’greet», como la llamaban familiarmente, no sólo turbaba la monotonía local al utilizar objetos fuera de lo común, sino que ya destacaba por su esplendorosa belleza. En un país de rubias evanescentes, su «silueta morena de cuerpo esbelto y sus ojos atrevidos» sobresalían. Un experto local explicaba que «este carácter genético le había llegado a través de la rama materna, la familia Van der Meulen, cuyos ancestros lejanos descendían de los woudkers, tribu que vivía en los bosques de Frisia que tenía como característica común la piel morena».

   Aunque formara parte de ellos, Margaretha Zelle no se parecía en nada a sus congéneres. Esta diferencia, sin duda cuidadosamente cultivada por su padre, era algo de lo que la futura Mata-Hari fue muy pronto consciente.

   La señora Kerkhof Hoogslag, que fue una buena amiga, comentaba a propósito de esto:

   Ella sabía que era distinta de todas nosotras y muchas no lo podían soportar y se morían de celos. Tenía una bonita voz. Se arriesgaba a llevar vestidos extraordinarios, todo lo contrario que nosotras. Evidentemente, esto provocaba muchos celos, pero yo la defendía siempre porque no los usaba para eclipsarnos, sino sencillamente porque esa era su manera de ser. Estaba en su naturaleza el hecho de brillar. Las otras veían a veces algo de impúdico en sus modales pero, para mí, era sencillamente su peculiar manera de ser.

   Su gusto por la provocación y su espíritu de rebelde la llevaban a transgredir las reglas. Cuando estudiaba en la institución más prestigiosa de la ciudad, la casa de la señora Buys, M’greet no dudaba en abandonar el uniforme del colegio para salir «con un vestido amarillo de rayas rojas, o incluso completamente vestida de terciopelo rojo, deambulando y coqueteando bajo la mirada atónita de sus amigas».

   A pesar de los excesos, no hay duda de que el futuro ídolo de todo París adquirió en casa de la señora Buys las buenas maneras que le permitieron desenvolverse en sociedad. Sam Waagenar, su biógrafo más talentoso e ilustrado (véase «»), afirma que aprendió allí también «el arte de la caligrafía y que conservaba de esta época una hermosa escritura, altiva y noble».

   Los numerosos documentos redactados de la mano de Mata-Hari que han llegado a nuestros días permiten comprobar que, aunque no tenía una grafía de sorprendente belleza, poseía a pesar de todo una escritura muy regular y de fácil lectura.

   ¿Qué significó para ella el dominio de varias lenguas extranjeras? ¿Tuvo esta «mujer internacional» una educación lo bastante extensa como para dominar, antes de su boda, otros idiomas aparte de su lengua materna? Es posible con respecto al francés, que en esa época era la lengua hablada por la elite más rica de Europa. No se ha comprobado el grado de conocimientos de la lengua de Voltaire que adquirió Mata-Hari desde su primer paso por París en 1903, sobre todo después de una estancia de varios años en las Indias holandesas.

   Teniendo en cuenta su posterior vida de cortesana, quizá sería más conveniente evocar esta ciencia tan particular y preguntarse: ¿fue muy eficaz el aprendizaje de las lenguas que practicó en la cama?

   Sin embargo, en 1889 el cuento de hadas se acabó de repente. La mala suerte llevó a la ruina a Adam Zelle. El «barón» no pudo soportar el fracaso y decidió ir a buscar fortuna a La Haya. Mujer y niños se vieron obligados a quedarse en Leeuwarden y a cambiar la casa familiar por un pequeño y modesto piso.

   En mayo de 1890, el desafortunado sombrerero volvió al domicilio conyugal. Pero la suerte estaba echada. Adam Zelle, su mujer y sus hijos no recuperaron jamás (al menos juntos) su esplendor de antaño. Las relaciones de la pareja se deterioraron rápidamente. El 4 de septiembre se anunció la separación legal de los esposos y Adam se marchó definitivamente para instalarse en Amsterdam.

   Nueve meses después murió Antje. La familia Zelle queda totalmente dividida.

   Es difícil saber cuál fue la reacción de M’greet ante el abandono del padre al que tanto apreciaba. Su actitud posterior hace pensar que decidió pasar página a los altercados familiares.

   Margaretha, con sólo catorce años, dejó Leeuwarden y se fue a casa de su padrino, el señor Visser, que vivía en Smeek, un pequeño pueblo cercano. Pero no estaría allí mucho tiempo. Su nuevo protector decidió muy pronto enviarla a Leiden, donde podría formarse y trabajar en una guardería infantil.

   Para los familiares de Margaretha, la elección fue muy poco acertada:

   No pudo haber sido peor – diría mucho después la señora Kerkhof Hoogslag—. Ella no estaba en absoluto preparada para una carrera como esa, que podía servir para una chica con vocación maternal, pero M’greet era un caso distinto.

   Aunque es una opinión realizada a posteriori, no por eso pierde sentido, puesto que en su momento Mata-Hari luchó sin mucho entusiasmo para recuperar a su hija.

   La experiencia, de todas maneras, iba a durar bien poco. La encantadora adolescente en que se había convertido Margaretha hizo enloquecer al director de la escuela, el señor Wybrandus Haanstra. Esta pasión no tuvo nada de platónica, e incluso hubo malas lenguas que afirmaban que abusó de ella hasta que la apartaron de la institución. Así fue como Margaretha dejó Leiden y fue acogida en La Haya por otro de sus tíos, el señor Taconis. La rueda del destino empezaba a girar.

   Por su parte, el padre de Margaretha se olvidó completamente de ella hasta que, algunos años más tarde, descubrió a Mata-Hari. Y como había perdido el arte de hacer negocios, no podía desperdiciar la oportunidad de beneficiarse de algunas prerrogativas de padre. Intentó aprovechar la ocasión que se le presentaba sin demostrar el más mínimo pudor familiar. Si su hija era famosa, ¿por qué no él? Ella triunfaba en el mundo del arte, y él se veía ya triunfando en el mundo de las letras. Durante el año 1906 reunió el mayor número posible de documentos, con los que pensaba publicar nada más y nada menos que la biografía de la célebre bailarina. Pero el editor, al preguntar a Rudolph Mac Leod sobre la veracidad de algunos hechos demasiado extravagantes, presintió que el proyecto sería un fracaso y lo rechazó.

   Lejos de desmoralizarse, Adam Zelle repartió la edición puerta por puerta y consiguió, a finales de 1906, publicar La vie de Mata-Hari: la biographie de ma fille et mes doléances à l´égard de son ancien époux, donde las declaraciones más increíbles testificaban que, en materia de mitomanía, el atavismo familiar se revelaba incluso como un destino inevitable.

Una boda de más

   De su estancia en La Haya lo ignoramos casi todo, salvo que un día de marzo de 1895, mientras hojeaba el Het Nieuws Van den Dag, su mirada se sintió atraída por un pequeño anuncio cuyo texto, que varía según los autores, decía algo así como:

   Oficial de permiso que sirve en las Indias holandesas desearía encontrar una mujer joven de carácter agradable con vistas al matrimonio.

   No sabemos en qué momento la Margaretha anterior a Mata-Hari encontró esa fascinación por los uniformes. Tal vez buscaba la figura paterna. Sin pensarlo mucho, decidió probar suerte. Y para no dejarlo todo al azar, adjuntó a la respuesta una foto de su encantadora carita. A pesar de eso, el anuncio no tenía nada de serio y parecía ser más bien una broma.

   El oficial en cuestión (Rudolph Mac Leod) ignoraba, efectivamente, que tal iniciativa era obra de uno de sus amigos, el periodista De Balbian Verster. Podemos suponer que la curiosidad ayudó a Mac Leod a decidir abrir las cartas y que la presencia de un cliché fotográfico facilitó el trabajo.

   Socialmente, la boda iba a ser para Margaretha un éxito. Afectivamente fue algo totalmente distinto. El militar era algo rudo, y la boda no le hizo renunciar a los abrazos fáciles de jóvenes indígenas demasiado sumisas.

   Rudolph Mac Leod era de origen escocés, pero descendía de una rama de la familia establecida en Holanda a principios del siglo XVIII. Su familia había contado con militares importantes, entre los que destacaron uno de sus tíos, general y ayuda de campo del rey Guillermo III, y un primo, que fue vicealmirante. Su padre había sido un modesto capitán de infantería cuyo enlace matrimonial compensó de largo el bajo grado que había alcanzado, ya que se casó con la hija de una familia de la aristocracia local, Dina Louise, baronesa de Sweerts de Landas, nombre prestigioso que ayudó a olvidar la ausencia de dote.

   Su hijo Rudolph se alistó como voluntario a los dieciséis años y consiguió escalar rápidamente gran número de peldaños en la jerarquía militar. A los veinte años ya era sargento, y al año siguiente, en 1877, fue ascendido a teniente segundo. Entonces pensó que un ascenso rápido pasaba obligatoriamente por las colonias, de modo que se presentó voluntario para acompañar las tropas coloniales, lo que molestó bastante a su familia. Durante los diecisiete años de servicio ejemplar, Mac Leod adquirió, además de algunas medallas, unos hábitos de vida poco tolerables para una mujer, y menos aún para la futura Mata-Hari.

   Además de un carácter bastante difícil, el titular de la Cruz de los oficiales y de la Cruz de Atjeh (que consiguió en la jungla de Sumatra) mantuvo costumbres demasiado desenfrenadas. De Balbian Verster explicó que, poco después de su enlace con Margaretha, el siempre fogoso oficial le pidió una noche que hiciera compañía a su joven esposa, ¡porque «se había citado con dos chicas a la vez»!

   Además de estos «pequeños defectos», a la edad de treinta y nueve años sufría ya diabetes y reumatismo articular. Su tercera esposa lo describió como «un soldado de palabra brusca, duro de pelar y avaro; por lo demás, perfectamente leal y de noble corazón».

   La descripción no es muy atractiva. Es de suponer que las bodas y los años fueron atenuando su carácter irascible.

   Aunque se casó tardíamente, parece que Mac Leod terminó por tomarle gusto a la institución del matrimonio, puesto que se casó dos veces después de su divorcio con Mata-Hari. En lugar de agotarlo, su primera boda le dio alas.

   Margaretha, sin duda, tenía prisa por salir de su precaria situación. Entonces ya se sentía fascinada por el encanto de los uniformes y por las promesas de un exotismo que iría en aumento, y al principio no vio ningún defecto en su hermoso oficial. Además, el temperamento volcánico que dio a Mata-Hari su reputación y del que nunca se escondió empezaba a estar en plena ebullición. Así se deja entrever en una carta fechada el 22 de mayo de 1895, dos meses después del pequeño anuncio:

   ¿Me preguntas si estoy dispuesta a hacer tonterías? Pues bien, Johnie, ¡mejor diez veces que una! No tienes más que pedirme lo que tú quieras, porque de todas formas seré tu mujer dentro de unas semanas. ¿No es una maravilla que los dos tengamos el mismo temperamento fogoso?… Mi amor, me gustaría ponerme todo lo que tú encuentras bonito. La seda rosa me queda muy bien porque soy morena y tengo la tez mate. Seguramente esos camisones son preciosos. Pero, perdona mi ignorancia, ¿hasta dónde tendría que llegar el camisón: por debajo o por encima de la rodilla? Sin duda son muy escotados. ¡Respóndeme y compraré la seda! Y el pantalón, ¿es del mismo modelo que el mío blanco? Tan pronto como lo sepa, me ocuparé de ello. No tengas miedo de que no esté preparada ese día. Llegó exactamente en la fecha prevista, hace ya algunos días, de manera que mañana podemos hacer ya todo lo que tú quieres. Mantén tu amor encendido, tesoro, que yo mantengo el mío, y prepárate para cuando vengas.

   Lascivia, impudor, gusto por los vestidos provocadores, por los placeres carnales: hay ya toda una Mata-Hari en esa carta de juventud.

   El 1 de julio de 1895 se celebró el acto oficial. Rudolph Mac Leod se casaba en el ayuntamiento de Amsterdam, para lo bueno y para lo malo, con Margaretha Zelle.

   Como luna de miel, el achacoso oficial impuso su preferencia por Wiesbaden, una casa de salud que estaba de moda. Mac Leod no era el único militar que frecuentaba el lugar y tuvo que soportar miradas concupiscentes sobre la joven esposa. Margaretha era cortejada con descaro por fogosos oficiales de fiesta, y tuvo que soportar por primera vez los arrebatos de su temible esposo.

   Sin embargo, encontró pronto una agradable compensación a esos disgustos diarios, gastando sin pensar el dinero de la casa. Esta temporada de descanso puso en evidencia, además del carácter veleidoso de Mac Leod, la inclinación de su joven esposa al despilfarro.

   A pesar de la búsqueda de juventud, el oficial colonial sufría continuos problemas de salud y tuvo que aplazar dos veces su vuelta a las Indias holandesas. Durante este periodo de reposo obligado, Margaretha dio a luz un hijo, el 30 de enero de 1897, quien recibió el nombre de Norman Jon. Y como una buena noticia nunca llega sola, el feliz padre recuperó la salud y pudo por fin embarcarse con su familia, a bordo del Princesa Amalia, en dirección a la lejana y exótica Asia.

Tristezas exóticas

   Podemos imaginar fácilmente la emoción que producía en Margaretha la idea de ese largo viaje. La atracción por lo desconocido, por la distancia, y la seducción de los aromas exóticos provocaron en el espíritu imaginativo de la futura bailarina una intensa excitación. Pero la realidad iba a ser otra muy distinta. Cuando llegaron a Java, el capitán Mac Leod y su familia se instalaron en Ambarawa, en el centro de la isla. Poco después se marcharon a Tompoeng, donde Margaretha dio a luz su segundo hijo, una niña llamada Jeanne Louise. El nuevo bebé fue apodado Non, del malayo nonah, «niña».

   En diciembre de 1898, Mac Leod recibió la orden de desplazarse a Medan, en la costa de Sumatra. La distancia del puesto le obligó a dejar a su familia, hecho que, conociendo su carácter y su actitud posterior, no le molestó en absoluto.

   Esta marcha repentina, que debía durar en principio unas semanas, se convirtió en un abandono de varios meses. Confiados a la protección del administrador del gobernador, el señor Van Rheede, Margaretha y sus hijos se quedaron sin dinero pero eran copiosamente informados a través de misivas regulares tan largas como talentosas, dado que Rudolph Mac Leod escondía bajo su apariencia grosera un arte epistolar realmente destacable. De hecho, y por suerte para los historiadores, conservaba copia de cada una de sus cartas, aunque algunas se extendían a más de treinta páginas. Desde Medan escribía a su esposa:

   Es algo sorprendente ver esta ciudad con sus edificios de varios pisos y sus calles en perfecto estado: tienen iluminación eléctrica, bellos tokos (almacenes) que superan a los de Batavia, bonitos coches tirados por magníficos caballos… Tuvieron que matar 739 perros en dos días debido a una epidemia de rabia.

   Mac Leod, que no hacía nada para que su familia se desplazara allí, iba cediendo poco a poco a los celos. En una ocasión, después de leer una carta donde la demasiado cándida Margaretha evocaba sus inocentes encuentros en un atardecer, él contestó, furibundo:

   ¿Quién diablos es este teniente de marina del cual me hablas en tu carta, ese que ha fotografiado a los niños? ¿Y qué es lo que ha venido a hacer a Tompoeng? Tú nunca explicas cosas de este tipo, Greet, y debes comprender perfectamente que, cuando yo leo estas cosas, me pregunto: ¿quién es este tipo y qué viene a hacer en Tompoeng? Tiene gracia, saltas de golpe de las costumbres marinas de Jan Pik y de la naturaleza afectuosa de Fluit a hablar de este teniente, ¡y después ni una palabra más sobre el tipo!

   La enorme diferencia de carácter entre los dos miembros de la pareja hacía mella lentamente en su camino. Aunque se encontraba muy lejos de su familia, Mac Leod reinaba a distancia (o al menos así lo creía) en su pequeño mundo. En cuanto a Margaretha, poco a poco iba distanciándose de él y liberándose, también poco a poco, de la tiranía doméstica de su veleidoso marido.

   Aunque todavía no se había manifestado, el desacuerdo entre ellos era total. Él deseaba una mujer de su casa, sumisa y que se preocupara poco por sus desenfrenos. Ella, en cambio, se abría a la libertad y soñaba con un gran mundo.

   Y en lo que se refiere a las extravagancias, ¡ella le superaría muy pronto! Chocó rápidamente en el reducido microcosmos de la colonia por ir vestida a la moda indígena y dejarse arrullar por evocaciones en las que el colono medio no veía más que supersticiones y vanas argucias.

   Para colmo Mac Leod, que seguramente le era infiel, soportaba cada vez peor que su joven esposa, sencilla e inocentemente coqueta, hiciera girar a la gente a su alrededor mucho más de lo debido. Estaba celoso y en mayo de 1899 decidió que su familia fuera hasta donde él estaba. Pero en lugar de apaciguar el mal, el acercamiento amplificó los conflictos. El 27 de junio, el pequeño Norman sufrió un envenenamiento que hizo estallar lo inevitable. Este acto criminal no fue nunca esclarecido, aunque se plantearon muchas hipótesis.

   Para unos fue la brutalidad de Mac Leod la causante del drama; para otros, su concupiscencia. En la primera versión, el oficial hostigó al novio de la cuidadora de los niños, quien se vengó intentando envenenarlos. Según la otra versión, los pequeños Mac Leod fueron víctimas de la venganza del amante indígena de la cuidadora, que se veía forzada a soportar los asaltos desconsiderados de su amo. Norman murió a pesar de los esfuerzos de los médicos holandeses.

   Con la muerte del pequeño, la ruptura entre los esposos se hizo evidente. Mac Leod acusaba a su mujer de negligencia y Margaretha ya no podía soportar los actos violentos de su marido. Se mudaron a Java, al pueblo de Banjoe Biroe, de atmósfera irrespirable, y esto no hizo más que empeorar la situación. Mac Leod estaba insoportable e incluso, cuando la esposa que él apodaba Greet sufrió en marzo de 1900 una terrible fiebre tifoidea, sólo se preocupó por los gastos de hospitalización.

   El 2 de octubre de 1900, Mac Leod, que ya no esperaba alcanzar el grado de teniente coronel, se retiró de la armada y decidió instalarse cerca de Bandoeng. Tal vez se imaginó disfrutando de un retiro bien merecido. El clima era agradable y la vida barata. El problema, en realidad, era no poder contar con Mata-Hari como la mujer sumisa que él quería. Los esposos Mac Leod habían llegado a ese punto en que el odio del día a día hace que la separación sea inevitable. Cualquier nadería se convertía en pretexto para el altercado. Una noche, mientras bailaba, Margaretha saludó a su marido con un amigable «¡hola, querido!», al que Mac Leod respondió con un «¡vete al infierno, sucia puta!».

   Se insultaban duramente todos los días. El oficial retirado trataba a su esposa de «perversa insoportable», «tonta» y dotada de «la naturaleza totalmente depravada de un canalla».

   Margaretha, por su parte, acusaba al marido de crueldad, avaricia y adulterio. Siendo ya Mata-Hari la gran sacerdotisa del desnudo europeo, declaró con énfasis que su marido estaba siempre tan celoso que la amenazaba muchas veces con desfigurarla para que nadie pudiera fijarse en ella. Una situación aún más dramática se produjo una noche cuando su marido, «obedeciendo un impulso feroz, me arrancó de un mordisco el pezón izquierdo y se lo tragó. Por esta razón no he enseñado a nadie, desde entonces, mi torso completamente desnudo».

   Estas fantasías completamente mataharianas, de las que volveremos a hablar, no deben hacernos olvidar el contexto de la época. Paradójicamente, en la querella que la enfrentó durante largo tiempo a su esposo, no parece que Margaretha estuviera en desventaja.

   Un médico que los visitaba dijo incluso que, durante el año y medio que él había estado en relación con los Mac Leod, la conducta de la señora Mac Leod, a pesar de los violentos insultos que sin remedio tenía que soportar en público por parte de su marido, fue siempre perfectamente correcta. Añadió que incluso había llegado a pensar que «Margaretha Zelle habría podido ser una esposa perfecta y una buena madre si su marido hubiera sido un hombre más equilibrado y más sensible. Su boda con Mac Leod, hombre irritable y encolerizado, estaba condenada al fracaso».

   La suerte estaba echada. Margaretha, perdida por el campo javanés, soñaba tanto con París que su marido le dijo un día: «¡Dios mío, si deseas tanto ir a París no tienes más que largarte y dejarme tranquilo!».

   A pesar de todo siguieron juntos, y en marzo de 1902 el matrimonio Mac Leod viajó a Europa, no para ir a la capital francesa sino para instalarse en Amsterdam. Poco tiempo después, Rudolph abandonó el domicilio conyugal y Margaretha aprovechó la ocasión para pedir la separación, que se dictó en agosto de 1902, otorgándole una pensión mensual de cien florines y la custodia de su hija. Estas cláusulas nunca fueron respetadas por Mac Leod, de manera que Margaretha se decantó pronto por una vía poco ordinaria.

   Sin embargo, volvió a Europa más marcada que nunca por su estancia en las Indias y, pese a los recuerdos oscuros, se forjó un pasado exótico, a su gusto, al que ningún periodista digno de ese nombre se supo resistir.

Antes de la audacia

   La «pasión» que le esperaba en París durante su estancia en Indonesia tardaría todavía algún tiempo en concretarse. Tuvo que transcurrir un año para que Margaretha dejara su Holanda natal y partiera a la conquista de la capital francesa.

   No sabemos casi nada de esta época, aunque algunos relatos apócrifos dan a entender que la «revelación» del desnudo data de este periodo. Margaretha, que todavía no había encontrado su vocación de bailarina, buscaba manifiestamente su camino y creyó encontrarlo en la profesión de modelo. Inspirar a un pintor y ser fuente de su genio, asistir a los meandros de la creación podían ciertamente fascinar a un espíritu tan fervoroso como el de Margaretha.

EL DESTINO DE NON

   Cuando se separó de su marido en agosto de 1902, Mata-Hari obtuvo del tribunal de Amsterdam la custodia de su hija y una pensión mensual de cien florines. Pero Mac Leod no acató nunca la decisión de la justicia y, al elegir una carrera de bailarina en París, Mata-Hari le facilitó las cosas. Cuando ella reaccionó era ya demasiado tarde. Sólo volvió a ver a su pequeña alguna vez después de sus triunfos parisinos. Pero para entonces, la niña ya se había olvidado de su madre.

   En 1912 Mata-Hari, que entonces se encontraba en la cresta de su popularidad, intentó llevársela con la ayuda de su fiel Anna, pero la vieja sirvienta falló en su intento a causa del miedo. En 1914, cuando estaba instalada en Amsterdam, intentó de nuevo ver a Non, pero acabó renunciando ante las dificultades que su marido le creaba. Después de la ejecución de su madre y de su boda en Holanda, Non tuvo que partir «como institutriz a las Indias holandesas».

   La iniciativa no acabó bien. Non murió en su cama, el 10 de agosto de 1919, de una hemorragia cerebral, con tan sólo veintiún años. La hija no siguió nunca (ni siquiera en parte) el camino de su madre.

   El camino era muy ambicioso, pero la experiencia se encargó de acortarlo. Aun así, sabemos a través de Guillaumet cómo hizo su debut en el mundo del arte la diva preferida de París. Se presentó en los talleres del pintor, quien más tarde relató su primera conversación:

   – Me gustaría trabajar como modelo.

   – Está bien, le dije yo. Muéstreme su cuerpo.

   –¡Oh, no! Sólo quiero posar de cabeza. Soy la viuda de un coronel muerto en las Indias, tengo dos hijos y me encuentro sin medios para educarlos.

   – En ese caso, como es bonita no le será difícil encontrar algunas sesiones con su cara; pero le pagarán mucho menos que si consiente en posar desnuda porque, según las apariencias, debe estar muy bien formada. De todas maneras, no voy a insistir.

   La señora Mac Leod se lamentó entonces del sacrificio, para ella terrible, del pudor; de la ofensa que esto constituía por el gran nombre que ella llevaba, etc. Pero cuando yo le dije que hiciera lo que quisiera, ella se desnudó bruscamente. Fue así como pude ver, en la cruda luz del taller, sus bonitas espaldas, sus bellos brazos, sus preciosas piernas. Pero, ¡qué pena, tenía el pecho marchito! Esto explicaba por qué usaba siempre esas pechinas de metal como inseparable sostén.

   El relato, aparte de reducir a nada la historia del pezón arrancado, muestra que, desde su primera estancia en París, Mata-Hari poseía un talento para la invención que debió de ir en aumento. En realidad, le faltaban algunos atractivos apreciados por los pintores de la época. Con su pecho «marchito», no podía rivalizar con esas mujeres de formas opulentas tan valiosas para Renoir y tantos otros. Después de sufrir otros fracasos en el mundo de la pintura, tuvo que enfrentarse a la evidencia. La gloria no se conseguiría con la apariencia pasiva de la modelo. Y tuvo que tomar la decisión de atacar.

   Habiéndose instalado varios días en Nimègue, llegó primero a Amsterdam y después a La Haya. Por todas partes vivía el mismo fracaso, la misma incomprensión, el mismo rechazo. Su familia no le resultaba de ninguna ayuda y acabó por darle la espalda. Sólo le quedaba una alternativa. Conquistar París. En algunos meses, sus deseos se realizarían.

   ¿En qué momento esta mujer que buscaba su camino encontró el detonante que cambió irremediablemente el curso de los acontecimientos? ¿Cuándo y cómo la joven holandesa tuvo la revelación? ¿A partir de qué momento Mata-Hari cogió el puesto de Margaretha y la oruga se convirtió en mariposa? ¿Fue un hombre de circo, como afirma Waagenar, el verdadero desencadenante de esta transformación?

   En 1904, Margaretha volvió a París con «cincuenta céntimos en el bolsillo y sin dudarlo dos veces, fue a instalarse en el Gran Hotel». ¿Verdad o mentira? Qué importa, el éxito estaba allí.

   De vuelta en los márgenes del Sena, se decantó por la única actividad en la que podía demostrar algún talento: montar a caballo.

   Encontró sin dificultad un puesto de trabajo en una escuela de equitación de la calle Benouville dirigida por un tal Molier. Allí mezcló rápidamente la equitación y la acrobacia, antes de asociarlas a las representaciones de danza. Colette, sin duda testigo de sus evoluciones en el mundo de los caballos, explicó años más tarde:

   Montada sobre un caballo blanco creaba otro tipo de danza.

   El autor de Claudine dijo también:

   Ella aún no bailaba, pero sabía desnudarse progresivamente y mover su largo cuerpo moreno, delgado y confiado. Llegaba casi desnuda a sus recitales, bailaba apenas con la mirada hacia abajo y desaparecía envuelta en sus velos.

   ¿Fue en el circo Molier donde la futura Mata-Hari tomó consciencia del poder irresistible de la desnudez haciendo de amazona ligera de ropa? En la época del desnudo arqueológico y vulgar, esto no tendría nada de sorprendente. Su temperamento imaginativo sería el que prepararía este descubrimiento.



   Nada era para ella más fácil. Le bastaba con abrir la carpeta de sus recuerdos coloniales. Disponía de un valiosísimo material que subrepticiamente todavía no había florecido. El atractivo de lo desconocido, un exotismo tentador mezclado con un erotismo latente sabiamente dosificado no podía más que atraer a un público que sólo quería dejarse embriagar. Una vez que lo hubo descubierto, abandonó rápidamente el caballo en favor de acrobacias menos peligrosas para el cuerpo y ciertamente mucho más excitantes para el espíritu de los hombres.

   Aunque le debió costar, la decisión estaba tomada. Puesto que ella no podía inspirar talento quedándose quieta, suscitó entusiasmo con el movimiento. Decidió ser a la vez actriz y dueña de su cuerpo. El movimiento se convertiría en desnudo, y el desnudo en instrumento de conquista.

   Con el tiempo y el éxito de su parte, siguió teniendo pretensiones de bailarina. Y probablemente también sin ilusión. Efectivamente, muchos años más tarde confió al pintor Piet Van der Hem que:

   Yo nunca he sabido bailar bien. La gente venía a verme porque fui la primera en tener la audacia de exhibirme en público completamente desnuda.

   Este «precioso desnudo», vulgarmente conocido desde entonces como strip-tease, iba a tener un buen futuro. En cuanto a su iniciativa, fue paradójicamente un registro muy diferente el que dejaría su nombre a la Historia.

Capítulo 3


Ha nacido una estrella

   El camino estaba ya trazado. Lo único que le hacía falta ahora era un nombre artístico. Y también en esta cuestión se revelaba lógico y juicioso utilizar el recurso de Oriente. La estancia de Margaretha en Indonesia, su curiosidad insaciable y su capacidad para familiarizarse con el medio indígena le permitieron, sin duda, adquirir nociones de la lengua malaya.

Éxito triunfal

   En todas las lenguas existen palabras de referencia que se convierten, a la larga, en una total banalidad, incluso para las personas de habla extranjera. El Sol, Mata-Hari, «el ojo del día» en malayo, pertenece indudablemente a esta categoría de palabras.

   Waagenar ha podido establecer que, mucho antes de su retorno a Europa, Margaretha Zelle había utilizado ya este seudónimo en una de sus cartas dirigidas a sus amigas que se quedaron en el país, donde ella decía haberse convertido en bailarina bajo este nombre. Pero lo más prudente es no hacer demasiado caso a las afirmaciones que se propagaron después de esto.

   Desde luego, no fue Émile Guimet quien creó el nuevo patronímico de Margaretha, puesto que su invitación del 13 de marzo de 1905 llevaba el nombre de Lady Mac Leod y no el de Mata-Hari. Presentar a una bailarina indonesia con un extraño nombre malayo habría sido de una gran ignorancia.

   El descubrimiento de un nombre y la revelación de una costumbre, la reminiscencia de un pasado y las influencias más modernas iban a concurrir en el surgimiento de una nueva estrella bajo los auspicios de la más brillante de todas, Mata-Hari, es decir, el Sol.

   París era entonces una ciudad deseosa de pasión, y reservaba a la bailarina una fervorosa acogida. Fue en el salón de la señora Kiréevsky donde Mata-Hari dio la gran sorpresa. Esta era una cantante muy bien situada en el mundo parisino que organizaba regularmente espectáculos de beneficencia. En su casa, Mata-Hari representó un juego de «velos envolventes y después retirados, junto con cierta incitación a la picaresca» que consiguió todos los aplausos. El triunfo fue fulgurante.

   El 4 de febrero de 1905, Londres empezó a oír hablar de «una mujer venida de Extremo Oriente que se entregaba a Europa cargada de perfumes exóticos y joyas para dispensar las riquezas vivas y coloristas de Oriente entre la hastiada sociedad de las ciudades europeas».

   Todos los salones privados de París se quitaban de las manos a Lady Mac Leod. Algunos se preguntaban por el estilo de «esta bailarina desconocida que llega de lejanos lugares». Un periodista del Courrier Français pensaba que ella era «una persona que resulta curiosa cuando no se mueve, pero aún más cuando se mueve».

   Pero lo más importante es que suscitaba curiosidad incluso antes de que nadie la viera, y provocaba pasión una vez que la veían. El 13 de marzo de 1905 fue el día señalado para su consagración total. Bailó en el templo del saber oriental, en el museo Guimet, delante de un grupo de oficiales que sucumbieron irremediablemente a su atractivo y a su gran poder seductor. La representación le procuró, además de una cantidad considerable de fervorosos incondicionales, la bonita suma de mil francos, en una época en que un trabajador medio ganaba cinco francos diarios.

   A esta actuación le siguieron más de treinta representaciones, en las que la distinguida Lady Mac Leod fue abandonando lentamente sus velos para convertirse en la misteriosa y definitivamente oriental Mata-Hari. A la mañana siguiente, el 14 de marzo, las críticas habían traspasado ya los muros del teatro, y el concierto de elogios no cesó. Édouard Lepage dijo entusiasmado:

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